Un secreto se escapa de mi boca, se desliza bordeando mis labios. Sabe picante, sabe dulce, sabe caliente, pero es que sabe a amor. Mi secreto ya no es secreto, fue despojado de su virginal existencia; ya es un grito desesperado que viaja en el aire y descansa como susurro sobre tu oído. Secreto fue hasta que supiste oír.
"El señor horario perfecto", le gritaba ella colérica al celular mientras apretaba el paso en la calle. ¿Qué le importaban los demás? Su ira le chorreaba por la nariz y no podía esperar. En su ir a los gritos con el diálogo de sordos, no notó que él, el "Señor horario perfecto", le seguía los pasos. Agachaba la cabeza (él no quería oír) pero se disfrazaba de Sheldon Cooper, (quien es estéticamente poco interesante), buscando el recurso a la inteligencia que le falta como coraza al griterío que destrozaba al teléfono sus tímpanos.
Escribir dos palabras comunes. Seguidamente, escribir dos palabras difíciles. Finalmente, escribir una palabra aún más difícil. Tres versos, tres... Un cuarto esquizofrénico. Tu cuarto desordenado. La ropa sucia. La humedad que avanza porque el suelo no absorbe lo que del cielo cae. Y hace días que no la ves. Vos arruinado, tu pelo enredado y tus pies enmusgoseados. Un neologismo, sí. Y hace días que no la ves.