I
Era la estrechez frágil de su cuerpo flaco y de brazos fuertes lo que tanto me gustaba de ese diminuto insecto picudo. Era la grandeza de sus ojos rasgados, o más bien, su verde brillo el que me iluminaba y retenía con cada mirada interminable que me proponía siempre que nos sentábamos de frente y siempre que frente a los demás dejamos parén-tesis (paréntesis) entendiendo qué palabra diría el otro
y qué palabra no dejamos pronunciar (los insectos susurran al oído... hay que saber escuchar de vez en cuando). Vos, insecto frágil, te entregabas a mi aun sabiendo que de todas esas veces que viniste a mí pude aplastarte y aniquilarte entre mis manos; pero mi humanidad convenientemente alienígena no podía hacer más que acariciarte, admirarte un buen rato y dejarte ir de nuevo. Entonces, despliegas tus alas y te vas. Siempre te vas.Algún día regresas.
Tal vez ya no seas un insecto picudo.
Tal vez seas mariposa.
Un perro.
Sos un insecto con alma de perro.
Y siempre que te vas, regresas.
Y así sucesivamente.
II
Y nos habíamos escrito un par de veces con él... Parecían que las palabras se acomodaban y complementaban bastante bien, porque se generaban verdaderas unidades de significado. Manejamos el lenguaje a nuestro antojo, un lenguaje que en apariencia no buscaba nada de amor. Si bien encontramos a la pasión como cómplice y aliada fiel, el amor no se hacía esperar, pero se acordaba tras bambalinas de este teatro de máscaras en el que nos han sumergido.
Él usó su máscara de insecto y le crecieron alas. Qué rápido obtiene aquello que le hace escapar lejos de mí...
III
Había esmaltado con verde mis uñas y no hacía más que pensar en tus ojos...
Mientras así te pienso, me ahoga la nostalgia de recordarme reflejada toda vez en ellos.
¿Cuándo volverás para volverte a ir?
No sos más que un insecto con alma de perro.
Un perro verde con alas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario