viernes, 18 de mayo de 2012

Amos

Estabas relajado a lo lejos,
con la postura digna de un amo;
yo no dudé:
me transportaba lentamente 
hacia tus espaldas,
sin que pudieras advertirlo
y así, como siempre,
revolver tu alborotado pelo verde.
¡Ay, si fuera Afrodita
conduciéndote al Edén de mi cuerpo,
ya te hubiera arrastrado cruelmente
del cabello
hasta esta morada fría donde reposo!


Fría, al menos ahora que no estuvimos ahí.
-Al menos que no estuve ahí,
calentando en cada paso que doy
los lugares donde transito-.


Estabas esperando de mi
el trato de una sierva a su rey;
sí, comenzaste a mandarme
para que masajeara tu cansada espalda
que había cargado mil lunas,
ciento de princesas,
algunas cuantas promesas,
tu amor por mi esclavitud
y tu todapoderosa forma de ser,
que se apoderaba de todas las dimensiones
de mi,
mi... lo que soy.


Mis manos no se cansaban de acariciar
tus hombros, tu cuello,
que cartografiaban cada músculo
que se liberaba de tanta presión cotidiana.


Y el goce,
el goce en tu sonrisa,
el placer desparramado en tu mirada
y en tu boca que balbuceaba
mi nombre,
mis ojos que te observan,
mi cuerpo próximo.
Mi rey, 
mi amo,
mi gobierno
se volvió así
lentamente,
dulcemente,
deliciosamente
en mi esclavo.


Ya sometidos a la lujuria,
-o tal vez ella nos sometió-,
jugamos pegando nuestros cuerpos
con la humedad de sus fluidos
y el sudor.


Juga-mos,
bes-amos.
Ama-mos.
Arras-tramos
nuestros mundos paralelos
y enlazamos nuestros deseos.
Unimos,
penetramos.
Fuimos nuestros propios amos.

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