Las
rupturas epistemológicas que hice sobre todas mis creencias comenzaron el día
que nos conocimos y me preguntaste por ellas. Estabas ahí de casualidad, en
aquella librería de la esquina, donde acuden todos estos intelectualoides,
snobs y literatos a tomar café y a leer devocionalmente algún libro de autores
renombrados, sólo para fingir que ellos conocen de “Cien años de soledad”, que
jugaron a la “Rayuela”, que se sorprendieron con “El Libro de los seres
imaginarios”, que se excitan con “Otros poemas”.
Estabas ahí
espiando los estantes y renegando por ver plagada la tienda con tanto libro de
autoayuda. Los espíritus parecen no saber hallarse entre los cambios
vertiginosos de la sociedad y buscan soluciones rápidas a sus problemas, y
caminos para ser felices. Pero, en definitiva, ¿qué es la felicidad? ¿Existe en
realidad? ¿O es un concepto típico-ideal de una sociedad capitalista que
necesita algún motivo para seguir existiendo? Seguramente, así como ese ser que
todos adoran y llaman Dios, la felicidad es un algo superior que existe pero
nadie sabe muy bien cómo alcanzarlo. Seguramente, es un invento más del mercado
capitalista para devorarnos unos a otros y lograr así, los tan ansiados
objetivos.
Me miraste,
te miré, nos miramos. Rápidamente me reí (porque confieso que son esos momentos
incómodos o importantes los que suelo arruinar con mi risa) y me disculpé por
la situación pese a que no había nada realmente qué disculpar. Yo sentía que
sí, que me correspondía disculparme, me reí en su cara (sí, me reí en su cara,
me quería matar…). Pero eras políticamente correcto al decirme “no hay problema”,
y luego mirar los libros que andaba husmeando para encontrar algún motivo para
acercarte. Me miraste y me miraste mientras me preguntabas que autor u obra
buscaba ahí, entre los hombres y mujeres de poesía. “Buscaba al buen Walt
Whitman, en su lengua original”, te dije. Pocas personas me intimidaron tanto
con su mirada como vos, esa mirada teñida de pasto, de cielo, de tierra. Te sorprendía
que buscara un poemario en lengua original habiendo tantas traducciones, pero
insistía en decirte: “ahí no puedo encontrar el corazón del autor, ni la mano
que imprime esas letras, que articulan esas palabras, que enlazan esos versos,
que se pegan a estrofas, que besan mis ojos, que son melodía a mis oídos”. Sonreíste.
No había nada más hermoso que tu sonrisa. Si en ese momento fui feliz quiere
decir que conocí, al menos por un rato, la felicidad (o al menos algo similar a
ella, eso que te obligan a creer que es una aspiración por la que estamos
condenados a trabajar y sufrir para que al final de nuestros días, como una
falsa conciencia, pensemos que la hemos alcanzado; también así alcanzamos a ese
dios, al final de los días, cuando no somos más que carne podrida, gusanos y fluidos
bajo tierra).
Te conocí
esa tarde de mayo que nos invitaba a la noche. Hasta ese momento, no había
encontrado a Whitman:
“Behold this swarthy face, these
gray eyes,
this beard, the white wool
unclipt upon my neck.
My brown hands and the silent
manner of me without charm;
Yet comes one a Manhattanese and
ever at parting kisses me lightly on the lips
with robust love,
and I on the crossing of the
street or on the ship's deck give a kiss in return.”
Era este rostro moreno el que
gesticulaba encanto con cada palabra tuya. Creo que ese encanto, similar a un
enamoramiento taciturno en este otoño, me hacía sentir más boba que de
costumbre. Habías provocado una ruptura en mí con todo aquello que creía… La
moral se fue a pasear por Marte. Me habías revelado cada una de mis
perversiones tras palabra que enunciaba, casi como desnudándome en el lenguaje
(sí, tengo mis perversiones, nadie es santo de devoción, ni siquiera ese
muchacho que se llama Jesús y es carpintero). Habías descubierto el método para
abordarme en todas las dimensiones de mí, conmigo, sin mí, para mí y por mí.
Más adentrada la noche, nos
reímos de la Moral en la cama. Si mi cama contara que ya te había soñado antes
de conocerte… Que ya había teñido tu piel blanca de mi piel morena, que ya te
había bebido despacio, que te había sangrado, que te había lamido, que te había
besado, que te había rasgado; y que vos, como esta noche, me quiebras, me
desbordas, me armas, me inventas y me desarmas. Y recuerdo al buen Walt
diciendo:
“Sex contains all, bodies, souls,
meanings, proofs, purities,
delicacies, results, promulgations,
songs, commands, health, pride,
the maternal mystery, the seminal milk,
all hopes, benefactions,
bestowals, all the passions, loves, beauties, delights of the earth,
all the governments, judges,
gods, follow'd persons of the earth,
these are contain'd in sex as
parts of itself and justifications of itself.”
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