sábado, 12 de mayo de 2012

Te conoci


Las rupturas epistemológicas que hice sobre todas mis creencias comenzaron el día que nos conocimos y me preguntaste por ellas. Estabas ahí de casualidad, en aquella librería de la esquina, donde acuden todos estos intelectualoides, snobs y literatos a tomar café y a leer devocionalmente algún libro de autores renombrados, sólo para fingir que ellos conocen de “Cien años de soledad”, que jugaron a la “Rayuela”, que se sorprendieron con “El Libro de los seres imaginarios”, que se excitan con “Otros poemas”.

Estabas ahí espiando los estantes y renegando por ver plagada la tienda con tanto libro de autoayuda. Los espíritus parecen no saber hallarse entre los cambios vertiginosos de la sociedad y buscan soluciones rápidas a sus problemas, y caminos para ser felices. Pero, en definitiva, ¿qué es la felicidad? ¿Existe en realidad? ¿O es un concepto típico-ideal de una sociedad capitalista que necesita algún motivo para seguir existiendo? Seguramente, así como ese ser que todos adoran y llaman Dios, la felicidad es un algo superior que existe pero nadie sabe muy bien cómo alcanzarlo. Seguramente, es un invento más del mercado capitalista para devorarnos unos a otros y lograr así, los tan ansiados objetivos.

Me miraste, te miré, nos miramos. Rápidamente me reí (porque confieso que son esos momentos incómodos o importantes los que suelo arruinar con mi risa) y me disculpé por la situación pese a que no había nada realmente qué disculpar. Yo sentía que sí, que me correspondía disculparme, me reí en su cara (sí, me reí en su cara, me quería matar…). Pero eras políticamente correcto al decirme “no hay problema”, y luego mirar los libros que andaba husmeando para encontrar algún motivo para acercarte. Me miraste y me miraste mientras me preguntabas que autor u obra buscaba ahí, entre los hombres y mujeres de poesía. “Buscaba al buen Walt Whitman, en su lengua original”, te dije. Pocas personas me intimidaron tanto con su mirada como vos, esa mirada teñida de pasto, de cielo, de tierra. Te sorprendía que buscara un poemario en lengua original habiendo tantas traducciones, pero insistía en decirte: “ahí no puedo encontrar el corazón del autor, ni la mano que imprime esas letras, que articulan esas palabras, que enlazan esos versos, que se pegan a estrofas, que besan mis ojos, que son melodía a mis oídos”. Sonreíste. No había nada más hermoso que tu sonrisa. Si en ese momento fui feliz quiere decir que conocí, al menos por un rato, la felicidad (o al menos algo similar a ella, eso que te obligan a creer que es una aspiración por la que estamos condenados a trabajar y sufrir para que al final de nuestros días, como una falsa conciencia, pensemos que la hemos alcanzado; también así alcanzamos a ese dios, al final de los días, cuando no somos más que carne podrida, gusanos y fluidos bajo tierra).

Te conocí esa tarde de mayo que nos invitaba a la noche. Hasta ese momento, no había encontrado a Whitman:
“Behold this swarthy face, these gray eyes,
this beard, the white wool unclipt upon my neck.
My brown hands and the silent manner of me without charm;
Yet comes one a Manhattanese and ever at parting kisses me lightly on the lips
with robust love,
and I on the crossing of the street or on the ship's deck give a kiss in return.”

Era este rostro moreno el que gesticulaba encanto con cada palabra tuya. Creo que ese encanto, similar a un enamoramiento taciturno en este otoño, me hacía sentir más boba que de costumbre. Habías provocado una ruptura en mí con todo aquello que creía… La moral se fue a pasear por Marte. Me habías revelado cada una de mis perversiones tras palabra que enunciaba, casi como desnudándome en el lenguaje (sí, tengo mis perversiones, nadie es santo de devoción, ni siquiera ese muchacho que se llama Jesús y es carpintero). Habías descubierto el método para abordarme en todas las dimensiones de mí, conmigo, sin mí, para mí y por mí.

Más adentrada la noche, nos reímos de la Moral en la cama. Si mi cama contara que ya te había soñado antes de conocerte… Que ya había teñido tu piel blanca de mi piel morena, que ya te había bebido despacio, que te había sangrado, que te había lamido, que te había besado, que te había rasgado; y que vos, como esta noche, me quiebras, me desbordas, me armas, me inventas y me desarmas. Y recuerdo al buen Walt diciendo:
“Sex contains all, bodies, souls,
meanings, proofs, purities, delicacies, results, promulgations,
songs, commands, health, pride, the maternal mystery, the seminal milk,
all hopes, benefactions, bestowals, all the passions, loves, beauties, delights of the earth,
all the governments, judges, gods, follow'd persons of the earth,
these are contain'd in sex as parts of itself and justifications of itself.”

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