Una noche nos encontramos a tomar unas cervezas, como lo
hacíamos todas las semanas. Fuimos al lugar de siempre, llenos de conchetos y
conchetas que desfilaban en pasarela para encontrarse con sus amigos y amigas
ahí. No trataba de ser snob (sí, "snob" o "esnob", era más
fácil decir "careta"), sino que me gustaba pasar tiempo con vos,
aunque como mina, no me hubieras dado ni cinco minutos de tu tiempo.
Como amigos nos entendíamos re bien, siempre. Siempre fui
con él buena amiga, y siempre, supe separar la amistad de mi calentura, porque
era cierto que el Flaco estaba muy bueno. Me podía hasta embobarme con sus
pelotudeces... Ay, Flaco... te doy (menos mal que eso es algo que siempre
susurro entre mis dientes...)
No creo que lo hayas percibido alguna vez porque siempre te
silban pajaritos en la cabeza, estás en otra, y aunque me mires así... bueno,
yo sabía que me mirabas con la ternura con la que siempre me miraste y me
dirás: "amiga, pasa tal cosa..." y pufff, se desvanecieron todas mis
nubes de pedos rosa que se elevaba alrededor mío... "¡Mierda, qué
boluda!", pensaré mientras acaricias mi mano con cariño.
Y bueno, hablamos. Hablamos como siempre, hablamos de todo y
el tiempo se hace corto como siempre... Maldito tiempo, deberías tener más de
24 horas. La noche se adentraba más, es tiempo de partir. "¡Ay, flaco!
Cómo me cuesta dejarte cada vez que te veo... pero tengo que partir, porque de seguro,
mañana tendrás compromisos como siempre". Pero la noche, esa noche, fue
muy extraña. Por primera vez me pediste que me quedara, que hiciéramos alguna
otra cosa, que saliéramos a pasear, por ahí, sin rumbo. No necesité pensar
mucho... dije "sí". Esa noche... ¿qué te habrá pasado? Creo que ya
habíamos bebido unas cinco o seis cervezas entre los dos y no hacíamos más que
chocarnos y hablar boludeces... el aliento etílico era notable, sí...
llevábamos ese elixir de malta o cebada disperso por todo el cuerpo.
No faltó mucho para que me abrazaras... ¡Vaya! Si supieras
que entre tus brazos siempre desfallezco... No me soltabas y yo quería morir
entre tus brazos, oliendo tu cuello, apretando tu cuerpo; no me quería perder
nada de vos, en medio de un bello silencio que mediaba entre los dos. Tan sólo
sentíamos el corazón apretado al otro y el latir de los dos.
¡Ay, flaco! Cómo deseaba el aliento etílico de tu boca...
cómo deseaba tus manos cartografiando cada región de mi cuerpo, husmeando en
cada lunar que tengo, hurgando en cada imperfección en mis valles y
fronteras... Vos lo sabías, sí... nos inundaba el deseo de la entrega. Qué
noche, esa noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario