martes, 8 de mayo de 2012

Esa noche


Una noche nos encontramos a tomar unas cervezas, como lo hacíamos todas las semanas. Fuimos al lugar de siempre, llenos de conchetos y conchetas que desfilaban en pasarela para encontrarse con sus amigos y amigas ahí. No trataba de ser snob (sí, "snob" o "esnob", era más fácil decir "careta"), sino que me gustaba pasar tiempo con vos, aunque como mina, no me hubieras dado ni cinco minutos de tu tiempo.

Como amigos nos entendíamos re bien, siempre. Siempre fui con él buena amiga, y siempre, supe separar la amistad de mi calentura, porque era cierto que el Flaco estaba muy bueno. Me podía hasta embobarme con sus pelotudeces... Ay, Flaco... te doy (menos mal que eso es algo que siempre susurro entre mis dientes...)

No creo que lo hayas percibido alguna vez porque siempre te silban pajaritos en la cabeza, estás en otra, y aunque me mires así... bueno, yo sabía que me mirabas con la ternura con la que siempre me miraste y me dirás: "amiga, pasa tal cosa..." y pufff, se desvanecieron todas mis nubes de pedos rosa que se elevaba alrededor mío... "¡Mierda, qué boluda!", pensaré mientras acaricias mi mano con cariño.

Y bueno, hablamos. Hablamos como siempre, hablamos de todo y el tiempo se hace corto como siempre... Maldito tiempo, deberías tener más de 24 horas. La noche se adentraba más, es tiempo de partir. "¡Ay, flaco! Cómo me cuesta dejarte cada vez que te veo... pero tengo que partir, porque de seguro, mañana tendrás compromisos como siempre". Pero la noche, esa noche, fue muy extraña. Por primera vez me pediste que me quedara, que hiciéramos alguna otra cosa, que saliéramos a pasear, por ahí, sin rumbo. No necesité pensar mucho... dije "sí". Esa noche... ¿qué te habrá pasado? Creo que ya habíamos bebido unas cinco o seis cervezas entre los dos y no hacíamos más que chocarnos y hablar boludeces... el aliento etílico era notable, sí... llevábamos ese elixir de malta o cebada disperso por todo el cuerpo.

No faltó mucho para que me abrazaras... ¡Vaya! Si supieras que entre tus brazos siempre desfallezco... No me soltabas y yo quería morir entre tus brazos, oliendo tu cuello, apretando tu cuerpo; no me quería perder nada de vos, en medio de un bello silencio que mediaba entre los dos. Tan sólo sentíamos el corazón apretado al otro y el latir de los dos.

¡Ay, flaco! Cómo deseaba el aliento etílico de tu boca... cómo deseaba tus manos cartografiando cada región de mi cuerpo, husmeando en cada lunar que tengo, hurgando en cada imperfección en mis valles y fronteras... Vos lo sabías, sí... nos inundaba el deseo de la entrega. Qué noche, esa noche.

No hay comentarios: