RaeYoo se
había enamorado.
Enamorarse... en-amor-arse (rima con matarse -mat-arse-).
Ella estaba resignada a creer en el amor, hasta que este hizo de las suyas y
decidió, una vez más, robarle el corazón y hacerlo pedazos. Se había enamorado,
había amado a aquel muchacho al que frecuentaba sin darse cuenta. Ingenua.
Aun sabiendo que posiblemente no sería correspondida, siguió amando y a medida
que amaba, seguía sangrando su corazón hemorragias incurables... él no la
amaba, y en el fondo, bien ella sabía que su amor era sólo propio, porque amor
es cosa que se hace de a dos. Él tal vez no entendía tanto de esto...
Sin vinculo-amor entre ellos se entregaban los cuerpos, las almas, los fluidos
como si fueran el todo para el uno. Terminaban siendo noches interminables
donde ellos eran uno, donde se necesitaban. Eran uno. El problema de RaeYoo era
sentir que eso podría lograr que su amor le correspondiera... pero era algo tan
difícil como ver pasar a un dragón rojo por el cielo atormentado que estaban
sufriendo.
¿La quería? Seguramente sí. ¿La amaba? Ese amor pertenecía a otro templo (ese
cuerpo de mujer que él se había entregado y amado constantemente). RaeYoo
arrasaba sobre él pero no lograba penetrar los cimientos de ese templo y
arrastrarlo lejos del amor del muchacho. Una vez más, no le quedaba otra cosa a
esta niña que resignarse a conquistar a quien no quiso amar. Tomó un cuchillo,
se lo clavó a la izquierda de su pecho que estallaba... Con la sangre cayendo
por su cuerpo, siguió abriendo su pecho, cortó algunas venas, algunas
arterias... abrió su pecho como flor y arrancó su corazón... A duras penas,
cosió todo para ya no sangrar... el motor de vida no le hacía falta. Se retiró
del mundo y llevó a enterrar en tierra sagrada su corazón enamorado, a la
espera -ingenua, como siempre- de que él algún día vuelva a reclamarlo.
En Seoul, estaba observando al
muchacho alejarse y secarse como hoja en otoño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario