Recuerdo esas horas previas a amanecer y nuestras bocas devorándose hambrientos de nosotros.
Tantas noches de deseo pasaron por nuestras mentes, por nuestros cuerpos cómplices, por nuestras manos tocando nuestra propia figura, nuestros labios, nuestro sexo, poniendo el pensamiento en esto que los dos creamos, ese lazo especial que nos conectaba a nuestras profundidades y a aquello escondido, asqueroso, sucio, que no podemos exteriorizar ante los demás. Eso que causaría escándalo; nuestra atrocidad gore diseminada en las entrañas, desangrándonos. Y la humedad permanente, esa sensación mojada sobre las paredes, estas cuatro paredes y nuestras paredes exteriores e interiores.
La entrega al goce, los gemidos enredados y de nuevo esa imagen: tu boca y mi boca comiéndose en una hermosa transfusión de saliva; nuestros brazos entrecruzándose; nuestras manos tallandonos, moldeandonos, matándonos. Dos locos al amanecer, sólo dos locos que se encontraron ante el mismo hambre caníbal que habían construido.
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