domingo, 19 de agosto de 2012

De las culpas y de Poncios Pilatos

El acto de lavarse las manos trae consigo varios sentidos. Un primer sentido, bíblico, de un servidor de Herodes mojando sus manos en un lavabo móvil para poder simbolizar un 'no me hago cargo de la culpa que me toca' frente a una decisión... Hermosa imagen, el juicio, inminente... un doble juicio donde todos eran jueces, verdugos, demandantes y culpables. Épico. De alguna manera teníamos que manejar la cosa para justificar el no hacernos cargo.

El segundo sentido, el de la salud e higiene. Hay que lavar el cuerpo y y sobre todo las manos por todo aquello que se toca. Hay que limpiar el alma y la piel frotando jabón en palmas, dedos, superficie y quitar así lo sucio. Para ello, lo hago en un lavabo inmueble, en la privacidad del baño de alguna casa, sobre todo, la propia, sin que sea acto público... Allí me llevo las culpas a un lugar oculto. La autoflagelación y los gérmenes expandidos por todos lados ahogánd
ose, gustan a la costumbre y son un acto de justicia.

Un tercer sentido, el lavar las manos en lugares no convencionales. La cosa va por lavar la culpa y dejarla ahí donde la llevé. Una búsqueda desesperada de libertad ante la esclavitud de eso que picotea y oxida lo que hay dentro de cada uno.

Si me pusiera a pensar las veces en las que este simple acto rutinario, como el lavarme las manos, trae consigo estos sentidos, no llevaría culpas. Al contrario, removería cierta mugre pegoteada entre las uñas, el dulce del chupetín que chupé minutos atrás, el olor del tránsito curioso de mis dedos por mi sexo horas atrás y buscaría renovar la complicidad con el agua y el jabón que nada realmente remueve, limpia ni desintoxica.

2 comentarios:

Xaj dijo...

La resignificación
de los actos.
De aquellos,
-pequeños-
trocitos
de día.

Vanessa Barrionuevo dijo...

Gracias, Xaj! Un poco de eso es.