Habían cambiado al Director del cementerio del pueblo. Y bien, mi vida estaba en este cementerio, con Don Díaz, que se jubiló, o lo jubilaron, vaya a saber uno... Y el día que llega este nuevo Director, me manda a llamar Juana, la secretaria. Por suerte, no la quisieron cambiar a la Negra; ella sabía muy bien como funcionaban las cosas en este cementerio y quienes éramos los
que trabajábamos acá desde hace años. Aparte, la Negra es muy linda, siempre llega con su pelo bien atado y su ropa ajustada, pero sobria. Eso sí, que nadie se le haga el vivo porque ella era brava; mejor ni pienso lo que será ella con ese pelo despeinado y con la ropa desacomodada luego de un sacudón... Pero ese es otro tema.
Fui donde el nuevo Director. Se nota que es un muchacho joven, que muy bien no sabía que hacer en este bendito cementerio. Y bueno, me preguntó como me llamo. - Juan, señor, le dije. A estos 53 años y más de 20 años viviendo acá en el cementerio y en este pueblo, es la primera vez que noté que debía presentarme. Y dije de nuevo: -Juan Madariaga, señor. Y allí noté también que el chico no tenía porqué saber quién era yo. Venía de la ciudad a ocupar un puesto administrativo de un cementerio en el medio del campo, en un pueblo que ni siquiera sabía que existía, en el paraje X que hacía intersección en Y, y que se llamaba Valle Santo. Luego, me preguntó si vivía ahí y cómo había llegado a vivir en el cementerio, siendo el enterrador. Me dijo que eso me convertiría en sereno, y que ocupar ese puesto implicaría pagarme más dinero. Dinero que dicen que no tienen, pero eso no me importa, mi hogar es este, junto a estas tumbas de cuerpos pudriéndose bajo tierra. Luego le dije que ser sereno no es problema, ya que el vivir en la vivienda al interior del cementerio, sería una forma de pago. Mientras tanto, entierro a los que murieron y de vez en cuando ahuyento cuanto brujo o bruja, viene a querer robarse los huesos de algún difunto. Yo no creo en la brujería... ¿será que unos viejos huesos sirven para algo?
Me fui de la oficina del Director. Un muchacho agradable. Si él supiera... mi vida estaba en este cementerio. De vez en cuando, cuando veo que la noche pinta linda, me voy a la pulpería del pueblo a emborracharme. ¡Cuánta mujer hermosa cruza por ahí! Ojalá alguna me aceptara y quisiera vivir conmigo en el cementerio. Pero todas son unas viejas supersticiosas... dicen que les echarán tierra y tendrán mala suerte en la vida. Por suerte, el amor no me falta. Me llevé a la casita a cuanta aventurera del pueblo quiso acompañarme. Y bien, también a cuanta muchachita curiosa que quiso seguirme, como la gringuita hija de Don Lito... si el viejo se enterara, me cruzaría el estómago con el facón de plata que siempre lleva en la cintura. Y le digo viejo... ¡vaya! Tan sólo él es unos tres o cuatro años mayor que yo, aunque a pesar de mi duro trabajo, no estoy tan mal.
Así como venía pensando... mi vida estaba en este cementerio. Extrañaré contarle a Don Díaz mis historias de ultratumba. El viejo creía que yo le fabulaba para que tuviera miedo, que por eso no me hacía caso. Pero la curiosidad lo mataba y luego se iba medio temblando para su casa. Le contaba, la última vez que nos vimos acá, que cuando la luna es más clara e ilumina el cementerio, éste se vuelve en un pueblo con vida. Y puedo ver pasearse cuanta anima se imagine. Hasta algunos hablan conmigo, preguntándome cómo volver a casa. También están aquellos que no se enteraron que se murieron y vagan por ahí. Y también están esos que chillan, lloran, gritan y se esconden tras las sombras.
Sí, soy Juan, el enterrador y mi vida estaba en este cementerio.
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