cayéndose en medio de la calle
fría, de adoquines
rogando como
quien raspa sus rodillas
lamentándose por el amor que le dejó
sangrando en la misma medida
que el alcohol que bebió,
todas esas lunas que aúllan
por el llanto que se tragó
reprimiendo su garganta.
Bajo esa luna asesina, Claudio supo ponerle un nombre a mis palabras...
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