Rompí tantos corazones como vasos, platos y tazas.
Cada vez me convenzo más de que esas fragilidades son adrede. Ese músculo no puede estar tan tieso como para quebrarse. Sin embargo, los estampé contra paredes, suelo, muebles. Era el gozo de sentir el crack y el crunch de esa unidad de porcelana hecha pedazos esparciéndose por todos lados...
Ya les había advertido que de amarlos, los mataría. Y los ahogué en estrangulaciones de rituales paganos. Se habían asfixiado con su propio aire, tragaron su propia sangre. ¿Quién los mandó a enamorarse de mi perfume? ¿Quién les pidió desear mis besos? Rompí corazones que se remendaron tanto como el mío. Menos el tuyo.
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