Se habían mirado tanto. Todos esos días, todos esos meses, se habían mirado tanto. De vez en cuando, él se le arrimaba para preguntarle como está. Se le pegaba al costado de ella para poder adorarla más cerca, para poder examinarla y disfrutarla más cerca. Y así también, se le acercaba para tener una excusa para saludarle de un beso al terminar la jornada y la actividad por la que ambos sabían que estaban condenados a juntarse.
Se habían merodeado tanto. De vez en cuando, él le decía a ella cuanto brillaba en hermosura. Ella reía. La risa de la incredulidad.
Se habían mirado tanto... aprovecharon la fuga para poder conocerse. Y en medio de la charla, se anticiparon los besos. Besos... de esos que no se dan a menudo... besos que eran atravesarse las gargantas con la lengua, mezclar químicamente las salivas que reaccionaban como ácidos. Quemaban, los besos quemaban entre fricciones, caricias, humedad.
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